sábado, 26 de abril de 2008

Cafe Paris.

Dice la verdadera historia, que Sartre nació gracias a la cotidianeidad. Luego de años de convivencia junto a Simone de Beauvoir, quien llevo el pensamiento Marxiano al feminismo (vaya combinación diabólica), dos filósofos brillantes también tienen que encargarse de aquellas rutinas desagradables que al hombre medio le justifican su propia existencia: pagar impuestos, pasear al perro, lavar los platos. Cuenta la leyenda que Sartre era un tipo poco domestico. Cansada de esta actitud, Simone toma una posicion agresiva con el buen el maestro y le empieza a reprochar su poca responsabilidad sobre los que áceres diarios. Ese hombre, que consagra su boca como un cenicero, está a punto de cambiar la filosofía y consagrarse como el mejor filoso del siglo XX, es un experto en nihilismo, metafísica y escolástica. Sin embargo, no puedo dominar una de las cosas más sencillas del universo: oponerse a lavar los platos. Años después, Lacan diría que la ausencia fálica de Simone generaría una suerte de sentimiento reprimido contra el gran maestro, pero lo cierto es, que el maestro, se siente mal, lo mandan a lavar los platos. Pero, como todo gran filósofo donde su idea brillante surge de una situación desagradable, Sartre inventa la polvera y descubre el yo. El maestro, antes de meterse detergente en las manos, decide pasar por la máquina de escribir y concluye algo así como: el yo, surge ante esa imposición del otro. El otro es que tipifica, que lo cosifica, en pocas palabras, que lo considera como un objeto. Ante semejante aberración, el yo, que tiene su génesis en la subjetividad, se revela ante la cosificación ajena. Toma conciencia del yo, del adentro, una cuasi neocogito Cartesiano: aquí estoy yo, no soy un objeto y me rebelo ante tu prepotencia en un intento de desmedida subjetividad. Así es como nace la libertad, atraves del yo subjetivo, por medio de la imposición del otro. El buen maestro, que cambiaria la historia de la filosofía se siente comodo con su hallazgo, sin embargo, la grasa pegada en la sarten le recuerdan que jamás debe volver a comprar en esa Patissiere.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

"El infierno son los demas"

Alex De Large dijo...

No seamos tan pesimistas!

Julián dijo...

http://ecoveo.blogspot.com/

economía - una noticia x día

Anónimo dijo...

La frase no es mia, sino de Jean Paul (Yanpol)...que quiere que le haga...